El reconocimiento: una manera de motivar.

Autor: Pelayo Ariel Labrada
Ex juez en lo civil y comercial de Pergamino (Pcia. Bs. As.)

EL AUTOR:

Ejerció la profesión de abogado durante veintinueve años y el cargo de juez a lo largo de diecisiete. Actualmente es profesor en siete facultades en cursos de posgrado de Especialización para la Magistratura. Autor de “El Factor Humano en los Organismos Judiciales” (Rubinzal-Culzoni, 2004), prologado por Augusto Mario Morello, y que es algo así como un manual para el gerenciamiento de juzgados.

SÍNTESIS:

Los expertos han llegado a la conclusión de que los estímulos espirituales son más poderosos que los materiales. No es lo mismo ir a trabajar todos los días para cumplir, para ganar honradamente su sueldo, que hacerlo entusiasmado por la noble misión de hacer justicia y, de esa manera, contribuir a la paz social.

Indice del texto:

I- Los ingredientes.

II- El reconocimiento.

III- Un experimento.

IV- Otro experimento.

V- ¿Quién debe hacer el reconocimiento?

VI- ¿Cómo hacerlo?

VII- La medida y los celos.

VIII- El reconocimiento mutuo.

IX- El libro de los elogios.

X- Novedoso, pero no tanto.


EL RECONOCIMIENTO: UNA MANERA DE MOTIVAR
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I.- LOS INGREDIENTES.

¿Qué se necesita para motivar a los integrantes de un organismo judicial?

Nada de dinero, un poco de dedicación y mucho de amor. Cariño por el cargo que ocupamos, por la misión que estamos cumpliendo, y por los seres humanos que nos acompañan en tan hermosa tarea.

Es elemental que nadie puede motivar a otra persona si, previamente, él no lo está. No basta con aplicar fórmulas, sino que también hay que poner el corazón.

II.- EL RECONOCIMIENTO.

Esta es la forma más simple y difundida para motivar. Todos los seres humanos aspiramos a tener algún reconocimiento. Los jueces de primera instancia desean que los superiores confirmen sus fallos. A su vez, los camaristas disfrutan cuando ven publicadas y comentadas elogiosamente sus sentencias. Yo espero que algún lector se comunique conmigo para decirme: “Me ha gustado mucho, y ya estoy aplicando una de esas ideas”.

Esto es un tónico para el espíritu, nos “ayuda a vivir”. Sin embargo, ¡oh paradoja!, hay titulares de organimos judiciales que descuidan ese detalle y llegan a creer que los empleados no esperan ni necesitan tal cosa. Suponen que con el pago puntual de su sueldo están suficientemente retribuidos.

III.- UN EXPERIMENTO.

Aquel que decida hacer el experimento que propongo, seguramente va a descubrir ciertas cosas que, hasta este momento, no había tomado en cuenta. Para ello, debe pedir a cada uno de los integrantes del equipo que contesten, por escrito, estos dos temas:

1) Mencionar uno o dos casos en los que usted esperaba alguna forma de reconocimiento por algo que hizo muy bien, y ello no llegó.

2) Mencionar uno o dos casos en los que recibió un reconocimiento por alguna tarea que realizó con eficiencia. ¿En qué consistieron esos reconocimientos?.

El juez decide; tiene imperium, el jefe de una oficina dirige, ordena, dispone, pero ninguno de ellos puede cumplir sus funciones sin el resto del personal. Ni siquiera sin el que realiza la limpieza. Estamos hablando, entonces, de personas imprescindibles. Pero, ¿los tratamos como tales?

En las contestaciones de aquellas preguntas descubriremos situaciones donde el empleado esperaba un reconocimiento que consideraba como bien merecido y no existió. Pongámonos por un momento en su lugar. ¿Cómo se habrá sentido?, ¿tendrá deseos de repetir ese esfuerzo?, ¿pensará que es indiferente ser rutinario que activo?, ¿a nadie le importa su trabajo de calidad?, y que ¿puede mantener el puesto haciendo lo menos posible?.

IV.- OTRO EXPERIMENTO.

Un juez que ha cultivado exitosamente el trabajo en equipo, me dijo: “De vez en cuando, me imagino que el más eficiente de mis empleados se presenta en mi despacho y me informa que tiene deseos de cambiar de trabajo, y que abandonaría el Poder Judicial aunque no le signifique mejora económica.

“¿Qué hago para retenerlo?: planifico una serie de acciones destinadas a que él se sienta bien en su tarea diaria, a fin de que pierda fuerza el deseo de irse. Luego traslado esos proyectos al mundo real, pero lo aplico a todos mis colaboradores. Los estimulo, hago lo posible para que estén a gusto y con ánimos de seguir adelante en nuestra misión.”

Todos los actos en los que usted ponga en evidencia que estima a los que lo acompañan y que los considera importantes, es un reconocimiento inherente. No se trata del pago de una gratificación, ni un regalo extra, sino de un respeto básico y gratificante. Los empleados aspiran a que se les consideren sus logros, pero también desean que se les valore como personas.

Y ello produce ondas que van y que vienen. Quien siente que el superior está comprometido con él, seguramente tendrá la misma estimación hacia aquél. Si los abogados y los litigantres son tratados como personas importantes, los integrantes del juzgado también serán vistos de esa manera.

No hay disposición legal que obligue a tener tales gestos, pero tampoco otra que lo prohiba. No es necesario esperar a que aparezcan aquellas en algún texto . Comience hoy, si es que no lo ha hecho ya. Lo más probable es que, si algún día se dictaran normas para ello, el reconocimiento habrá perdido la calidez y la espontaneidad que lo enriquece.

V.- ¿QUIÉN DEBE HACER EL RECONOCIMIENTO?.

Los reconocimientos pueden surgir de los superiores, de nuestros compañeros, de los jefes cercanos y de los lejanos, de los abogados, de los empleados de estudios jurídicos, de los litigantes, etc. Pero difícilmente el agente espere recibir algo del Presidente de la República, ni del Gobernador de la Provincia, como tampoco de las instancias superiores, lejanas de su lugar de trabajo. Presume, como cosa natural, que debe partir de quien está todos los días a su lado, es decir de su jefe inmediato, algún gesto que valore su labor. Para los ojos de los empleados, el Poder Judicial es su juez o jefe. Si estos no lo reconocen, dirán que la justicia no los tiene en cuenta.

Accesoriamente puede recibir de sus compañeros de trabajo, abogados, empleados y litigantes, cosas que suman y ayudan, pero nada le resultará tan gratificante como el que le brinde el superior inmediato, porque es el natural encargado de evaluarlo.

VI.- ¿CÓMO HACERLO?

Un miembro de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires, tiene la costumbre de enviar una nota de felicitación al aproximarse la fecha de cumpleaños de cada agente, es decir que despacha unas catorcemil por año. Es un gesto muy noble y un aporte para que todos y cada uno de los integrantes del Poder Judicial se sientan agasajados en su día. Es un acto de cortesía, pero no debe confundirse con el “reconocimiento” motivo de este trabajo.

Para que ello exista, el mensaje debe tener especificidad. Es decir, debe corresponder a un acto concreto, con valores particulares, que salga de lo rutinario. Y debe estar claramente expresado en el elogio. El solo hecho de manifestar “fulano es un buen empleado”, no es suficiente.

Si el motivo es que ha encontrado una manera de concentrar dos actos procesales para lograr celeridad, hay que decirlo. Si ha hecho una propuesta útil a fin de cambiar la disposición de los muebles para mayor funcionalidad, también hay que mencionarlo. Si ha colaborado con un compañero de trabajo que estaba recargado, debe puntualizarse.

En lo que respecta a la forma, puede hacerse verbal o escrita; en público o en privado. Pero hay que analizar en cada caso y de acuerdo a las características personales del agente, cuál de ellas le resultará más agradable.

Por lo general, lo que produce mayor efecto es la nota, redactada de puño y letra por el jefe y entregada en público. Esto último puede ser solo en presencia de sus compañeros o en un acto de mayor envergadura. Pero no bastará con el mero traspaso del papel de una mano a la otra. Es importante que también, en forma verbal, se expliquen las razones de la distinción.

Otra manera de causar un buen efecto es utilizar una vía no habitual, por ejemplo remitirla por carta certificada al domicilio del agente, o emplear el correo electrónico. Y cuando parte de los compañeros de trabajo, bien puede utilizarse un “cartel sorpresa” en su oficina, a manera de pasacalle.

VII.- LA MEDIDA Y LOS CELOS

No se cumple bien cuando se vuelca una catarata de calificativos exagerados. Para que resulten efectivos, deben tener dos condiciones: sinceridad y medida adecuada.

El político que habla por televisión, puede actuar con un discurso redactado de antemano por sus asesores, y dirigido por un experto, a fin de llegar a conmover a los televidentes. Pero nuestro caso es distinto. Si no hay veracidad, el elogio cae en el vacío y no solo malgasta una oportunidad, sino que también desvaloriza a quien lo pronuncia.

La medida debe ser adecuada el hecho que se valora. Si alguien que ha ayudado durante una jornada a un compañero, es distinguido en un acto donde se ha convocado a doscientas personas, solo servirá para pensar que hay un favoritismo. Y ello es grave, porque será fuente de resentimientos.

No hay que premiar siempre al mismo, aunque se lo merezca. Todo ser humano, por más desastroso que parezca, siempre realiza algo positivo. Hay que estar alerta, y valorarlo, para ir distribuyendo los reconocimientos en forma más o menos equilibrada. Es una regla elemental para evitar situaciones de celos que pueden derivar en conflictos internos difíciles de resolver.

Hay quienes se han impuesto la costumbre de tratar de descubir algo elogiable en cada uno de sus empleados, por lo menos cada tres meses. Es una buena táctica para que no caer en favoritismos.

VIII.- EL RECONOCIMIENTO MUTUO

En uno de los últimos días de diciembre, igual que en años anteriores, todos los integrantes del juzgado se reunieron en una cena de despedida. Pero esta vez no sería igual que las otras. Previamente, se habían dividido en dos grupos, y cada uno de ellos debía preparar “regalos sorpresa” para los integrantes del otro. La propuesta consistía en obsequios de escaso valor económico, pero significativos de algo destacado que hubiera hecho el destinatario.

Así, para Julia, encargada de la mesa de entrada, le dieron un caramelo con una tarjetita en la que se leía: “para que sigas atendiendo con tu característica dulzura a los que lleguen a tu lugar de trabajo.”, mientras que a Hugo, que se había destacado por la celeridad con que había hecho los proveídos, le entregaron una aceitera con la leyenda: “Para que puedas continuar a toda máquina, sin que se te engrane la computadora”.

Mariana recibió un gran sobre y, dentro de él, una cartulina de esas que se utilizan como formularios para las carátulas, firmada por todos, con estas frases: “¡Te queremos mucho!. Por si no te has dado cuenta, en el año que termina has dado ingreso a 2124 expedientes. ¡¡Felicitaciones!!.

A Fernando le tocó un salvavidas de juguete, y la dedicatoria: “Roberto te agradece de corazón, toda la ayuda que le brindaste durante el año. ¡Me salvaste del naufragio!. Como el juez también participaba en el juego, recibió un palito cilíndrico negro, del cual colgaba una tarjeta: “Seguramente que, con esta batuta, podrá seguir dirigiendo el juzgado con la calidad que lució durante este año”.

Lo que he relatado en este capítulo no ha sucedido en ningún organismo judicial que yo conozca... pero, podría llegar a producirse... ¿por qué no?.

IX.- EL LIBRO DE LOS ELOGIOS

Quien se presente en la mesa de entrada del Juzgado de Trabajo Nº 3 de Neuquén, encontrará a dos personas muy agradables, siempre de buen humor y solícitas a los requerimientos. Quizá no llegue a conocer sus apellidos, pero oirá que responden a los nombres de “Silvia” y “Carlitos”. La omisión del apelativo hace más afectuoso el trato, máxime teniendo en cuenta que el diminutivo se está aplicando a un hombre que ya pasó los cuarenta y pesa más de ochenta.

En noviembre de 2003, estos diligentes empleados encontraron un libro en blanco, fuera de uso, y se les ocurrió una idea muy original. Solicitaron autorización a la secretaria para ponerlo a disposición de las personas que diariamente llegan al mostrador, pero no para asentar quejas y sugerencias como sería lo tradicional, sino solo para recibir halagos.

Una vez repuesta de la sorpresa, la actuaria aceptó acompañarlos en la novedosa experiencia. Así, se puso “El Libro de los Elogios” a disposición de los visitantes, y comenzaron a aparecer párrafos cargados de afecto y reconocimiento en ese papel antes frío y olvidado. Quien, como yo, haya tenido la oportunidad de leerlo, habrá encontrado cosas que vale la pena recordar:

“En estos tiempos difíciles, donde a diario nos encontramos solo con quejas, mal humor y una serie de factores negativos, es para destacar a Silvia y Carlitos, su amabilidad y constante espíritu de lucha, a cambio de nada”.

“Por ser seres humanos excelentes y siempre bien predispuestos y positivos, les agradezco lo bien que tratan a todo el que cae en esta mesa de entrada”.

“Para la Gente Bonita: gracias por la buena onda, que ayuda tanto en su trabajo como en el nuestro”.

“Chicos: sigan así y me convencerán que la Buena Onda nació en el laboral 3”.

“Gracias por su simpatía. Da gusto venir a este juzgado y encontrarse con personas tan cordiales como ustedes dos.”. “¡¿Qué haríamos sin Silvia y Carlitos?!”

“Atento al estado de autos, vengo a dar las gracias por la buena onda de todas las mañanas. Muchas gracias por bancarme las dos primeras”.

“En un día de sol, me atrevo a decirles que aunque esté nublado, ustedes están con la mejor onda”.

X.- NOVEDOSO, PERO NO TANTO

En el siglo XVIII, Johann Wolfgang von Goethe, considerado por algunos como el valor más alto de las letras alemanas, expresó: “Trate a las personas como si ellas fueran lo que debieran ser, y usted les ayudará a convertirse en lo que ellas son capaces de ser”.

No cabe duda de que aquel pensamiento tiene mucho que ver con lo que está sucediendo en Neuquén. Las frases asentadas en ese libro no pueden resbalar en la piel de un ser humano normal. Calan, y lo comprometen a ser tal como lo describen.

Y para terminar esta nota, no puedo dejar de mencionar a una persona que vive a mil doscientos kilómetros de allá, en la ciudad de Rosario, que desde hace algunos años cultiva una práctica poco común: cuando es atendido satisfactoriamente en una oficina pública, no se retira sin antes hacerlo notar y, en algunos casos, felicita expresamente por la eficiencia y la amabilidad. Días pasados, me comentaba uno de esos casos, diciéndome: “La empleada fue muy cumplidora conmigo, pero estoy seguro de que a quien vino detrás de mí, lo atendió mejor”.

Pelayo Ariel Labrada

ariellabrada@arnet.com.ar

Junio de 2005

 

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